Museo del Whisky

Peculiar visión de la vida desde dentro de la barra

Anécdota 3. Bebida con tropiezos(10-Jul-2008)

Anécdota 3. Bebida con tropiezos

Existen cantidad de expresiones que utilizan los “bareros” para informar a los clientes que ya es la hora de cierre ,y deben salir del local. Normalmente el estilo suele ser contundente: “Vayan acabando la consumición”, “en 5 minutos estaremos fuera, etc”. En nuestra casa utilizamos una, hace ya muchos años: “Señores, es la hora municipal”. Pero las hay muy inteligentes, en distintos bares se utilizan algunas como: “No tenemos casa, ¿o qué?”, “mañana seguiremos aquí”, “tenemos vasos de plástico para continuar en casa”, “no olviden cerrar al salir”, “si alguien se ha dejado el cambio en la barra que lo recoja, por favor”. Hay una frase muy buena que se utiliza para indicar el abandono del local a personas famosas o a las que nos da cierto apuro dirigirnos para este menester: “Perdónenme, no me atrevía a deciros esto a vosotros, pero, mi psicólogo me ha dicho que es bueno para mi autoestima: tienen que salir, es la hora”. En un famoso pub de Madrid, un camarero, dirigiéndose a un grupo se expresó de la siguiente manera: “Eh, que no os entretengo, que como ya salíais, sólo deciros que mañana abrimos a las 7, hasta luego”. Cuando el cliente es, ya, amigo se puede usar: “Bueno, y ahora la casa les invita a … (silencio) retirarse”.
Ahora la anécdota propiamente dicha:
Sábado, hora de cierre. Sólo quedaban en el local 2 grupos. Uno de ellos ya en la puerta y el otro, extranjeros, no entendíamos bien su lengua, pero uno de ellos, ya en la puerta, me decía algo así como “dentis, dentis”. No entendíamos bien, pero ya le indicamos que era la hora y, salió, pero continuaba con aquellas palabras. Llamó a la puerta, abrimos, y seguía con la misma expresión, estaba oscuro, claro. Empezó a llorar. Intenté entenderle, pero pensé que sería algún problema personal suyo; me encontraba en la disposición de indicarle que volviera en otro momento, cuando de pronto, Ainara, desde la barra de abajo y subiendo me grita: “Paul, Paul, esto es buenísimo, mira lo que he encontrado”. Era una dentadura postiza. A aquel hombre se le abrió el cielo, era un hombre muy emotivo, sin lavarla ni nada se la colocó correctamente y nos abrazó apasionadamente.

Anécdota 2. Lo que la naturaleza non da, el Museo non presta.(8-Jul-2008)

Esto aconteció ya hace cinco años. Podría haber sido un film firmado por Fellini, pero no, ocurrió en el Museo del Whisky.
2 de la madrugada, jueves, en la barra de abajo, sonaba un tema de los Rolling Stones, de pronto, una desconocida clienta cae desplomada al suelo por pérdida de conocimiento. Como suele suceder, aunque inexplicablemente, el silencio musical se hace presente, pues nos encontramos en el intervalo de cambio de tema . Cuando la música vuelve a aparecer, Luis Mari la corta, ya que, por los rostros de preocupación dirigidos hacia el suelo de un abultado corro de gente, intuye que algo grave ha sucedido. Son momentos angustiosos en los que hay que actuar con rapidez. Curiosamente, la avanzada hora, y el hecho de encontrarnos en un bar, hace que todos nos convirtamos en médicos; así pues, comenzamos a oír distintas exclamaciones por parte de nuestros clientes, como: “Es un infarto”, “le ha bajado la tensión”, “dadle un azucarillo; rápido”, “ponedle hielos en la nuca”. La experiencia me ha dicho que lo que hay que hacer, sobretodo, y si la persona no vuelve en sí, es llamar a la ambulancia, que es lo que hice. Pero, antes que ésta llegue os sigo con algunas otras frases gloriosas que sucedieron rápidamente a las anteriores: “Esta mujer no ha sabido beber nunca”, “no, si ésta, por no pagar, la monta”, “oye, pero, ¿está preñada?”, “no sé porqué apagan la música, nos lo estábamos pasando de miedo”. Habíamos despejado ya la zona; la mujer, tumbada en el suelo, boca arriba, y atendida con nuestros conocimientos de primeros auxilios, mostraba un aspecto, al menos, inquietante. Los clientes se habían arrejuntado en el otro extremo de la barra, expectantes, aunque en absoluto ya preocupados. Unos minutos antes de que llegasen los chicos de la ambulancia (a nosotros, y creo que a vosotros también, se nos hizo largo, pero sólo tardaron en llegar 9 minutos contados), un cliente se apresuró con marcada decisión, y apartándonos a varios de nosotros, se dirigió hacia la mujer; dedujimos pues, que se trataba de un médico o similar. Colocó sus dedos índice y pulgar en el cuello de la afectada. Suspense. Después, nos miró y dijo: “menopausia”. Entonces, no como ahora, no pude reírme, y, con mala cara, le despaché hacia el lugar de donde había venido, con los de su grupo, los cuales se morían de risa. De pronto, apareció Luis Felipe. Yo, hasta entonces, sólo lo conocía de vista. Después, supimos que entró en el local porque alguien le había dicho que una mujer había fallecido aquí dentro. Sus movimientos eran propios de la hora, incluso de 3 horas más tarde. También, como el falso médico y con igual decisión, se dirigió hacia los que cuidábamos a la mujer, y por tanto, hacia ésta. Con gesto de infinita seriedad comenzó a hacer la señal de la cruz, igual que lo hace el papa; y, emitiendo las frases propias de la extremaunción, consiguió, de nuevo, llamar a Hitchcock. Un enorme grado de consciencia súbita inundó el local. Pasamos de la menopausia a la muerte en unos instantes. Fueron unos segundos horribles. El silencio tuvo eco. ¿Podía fallecer aquella pobre mujer? De pronto se oyó: “Es cura”. No supe discernir si esto pertenecía al acervo surrealista o, realmente, este señor pertenecía al clero. Enseguida, y casi chillando, dije: “Pero, oiga, qué hace; esta mujer no ha muerto”. Luis Felipe, que continuaba haciendo la señal aérea de la cruz, me miró aturdido, quiso dar un paso hacia adelante, pero tuvo la mala fortuna de pisar la rodilla de la mujer, aún tumbada en el suelo. Luisfe (que es como le llamamos a nuestro, ahora, amigo) se tambaleó , aún más ,y cayó estrepitosamente para dar , primero; de bruces con el borde de una silla, rompiéndose levemente la nariz y, después; continuando con su trayectoria, golpeó su cara contra la de la mujer. Pero eso no es todo; el cuerpo de Luisfe quedó totalmente encima de nuestra protagonista, en una posición mucho más propia de un intento de generar vida que despidiendo la misma. Todos los asistentes se desternillaban de risa, sobre todo por ver los intentos fallidos de levantar a Luisfe. El golpe recibido por la mujer, ese curioso cara-cara hizo que ésta se “despertara”; pero, su “vuelta a la vida” , podéis imaginar, fue memorable, ya que se encontró con un hombre de 120 kg encima y un grupo de gente intentando quitárselo de encima, pero sin fuerzas, debido a la hilaridad generada. Bueno, ahora sí, llegan los chicos de la ambulancia y ven el cuadro descrito anteriormente. No entienden nada. No saben a quién atender, pues, aunque pregunten, la risa general era mayúscula. Apartan a Luisfe y cuando intentan atender a la mujer, ésta, aún no consciente de lo que sucedía, les dice: “Ha sido él, lleváoslo, yo no he hecho nada”. Ellos, muy profesionales, se dirigen a Luisfe, ahora en el suelo, quizás algo dormido, y le propinan 16 tortas en la cara, en un intento de reanimación. Luisfe, con un gran sentimiento absurdo de culpa les mira y les dice: “no me castiguéis, sólo era un broma, es conocida mía, le ocurre muchas veces”. Podéis imaginaros las magníficas frases escritas en el aire: “Sí, sí, castradlo, no hay otro remedio”, “Venga, que se vayan a casa a acabar lo que han empezado”, “Te dije que estaba preñada, va a ser niño seguro”.
Sólo deciros que a la semana siguiente invité a una cena, en una conocida sociedad gastronómica, a la mujer (con la que mantenemos relación vía e-mail), Luisfe; que no es cura, los de la ambulancia y algunos de los asistentes. Gracias a este episodio gané unos amigos para siempre.

Anécdota 1. “Predicar en el desierto”(1-Jul-2008)

Anécdota número 1 (Paul Bordonaba)
“Antonio” es un cliente de los “de casa”. Se jacta de ser el más antiguo del Museo del Whisky y no le falta razón, pues ya lo era del bar de mis padres, en Irún, y de eso hace 40 años. Antonio es una persona que no aparenta en absoluto la edad que tiene, tanto por su físico, como por su energía vital. Hace muy poco tiempo y a una hora muy intempestiva, me encontraba en la barra hablando con Raúl, un cliente, cuando de pronto, desde el exterior, en la calle, oigo: “Paul, Paul; por favor, ábreme la puerta”. Realmente no entendía nada, pues la puerta estaba abierta de par en par. Seguí charlando con mi contertulio, cuando volví a oír : “Paul, por favor, ábreme, soy yo, Antonio, no puedo llegar a casa”. Como el tono de voz era algo más preocupante,decidimos salir a la calle por la puerta, como digo, extremadamente abierta. Cuando vimos lo que sucedía, tuvimos que sentarnos en el suelo de las carcajadas que emitíamos. Aún hoy, cuando Raúl y yo nos vemos, nos reconocemos como esos antiguos compañeros de guerra que han vivido experiencias únicas y, por tanto, siempre serán amigos del alma: Antonio, se encontraba frente a la persiana cerrada del local colindante al nuestro gritando como un energúmeno. Cuando, entre las carcajadas más estridentes le pregunté: “Pero, Antonio, estamos aquí desde hace 20 años y acabas de salir hace 5 minutos ¿A quién llamas?
La respuesta de Antonio fue: “Ah, sí; pídeme un taxi anda”.

Explicación de esta categoría de blog(23-Jun-2008)

Paul

Mi madre siempre me dijo que, con tal solo un año de edad, hablaba y me expresaba perfectamente. Por lo visto, tenía fama de “niño prodigio”. En realidad era que, con meses, ya me encontraba en el bar de mis padres, ubicado por aquí y por allí. La cantidad de información que entraban por mis oídos era enorme, y de ahí lo de la temprana verborrea.
Un bar es un lugar maravilloso. Creo que el paraíso es un bar. En algunos bares puedes encontrarte simultáneamente y en plena convivencia a una abuela esperando a su nieta para darle el bocadillo, un empresario tomando un cortado, una prostituta, un grupo de enfermeras, un psicópata no reconocido, un cocinero tres estrellas michelín, obreros industriales, etc, etc, etc. ¡Estos son los auténticos bares! La sociedad debería aprender de ellos. En ellos la gente se comunica, se ama, se odia, se discute, se pelea, se crean lazos amorosos, se toca, se roza, se bromea, se conoce, se informa; en fin, se vive. Y, allí está, el señor de la barra, testigo diario de la vida de las personas resumida en su recinto. Además, “el señor de la barra”, mantiene una relación muy estrecha con sus clientes. Con frecuencia, envejecen juntos. También, para los que deben viajar de continuo, el bar es “una referencia necesaria”. “Señor Martínez, ¡qué tal van esas ventas!”
En todo este mundo-vida hay una parte que me fascina enormemente, y es la del subrrealismo que se genera en un bar nocturno. Me refiero a esas anédotas vividas por las que me siento muy afortunado. Cuando las rememoro, me doy cuenta que, en realidad, yo no he trabajado nunca; me he dedicado a practicar lo que aprendí con pocos meses de vida. Este apartado del blog lo dedico a narrar las diferentes anécdotas acaecidas en el Museo del Whisky. Aunque parezcan inverosímiles, son todas reales, salvo cuando cite nombres, que no serán auténticos.
Lo que deseo con fuerza es que, este pequeño diario sirva para que, al menos un lector, consiga ver esa parte tan humana que habita en los bares.
Muchas gracias, de corazón.
Paul Bordonaba

Concurso de posavasos(22-Jun-2008)

Figuras del  Museo
Estoy recibiendo cientos de llamadas, tranquilos el veredicto es ya inminente.
Entretanto, pasad a degustar mis últimos caldos.