Esto aconteció ya hace cinco años. Podría haber sido un film firmado por Fellini, pero no, ocurrió en el Museo del Whisky.
2 de la madrugada, jueves, en la barra de abajo, sonaba un tema de los Rolling Stones, de pronto, una desconocida clienta cae desplomada al suelo por pérdida de conocimiento. Como suele suceder, aunque inexplicablemente, el silencio musical se hace presente, pues nos encontramos en el intervalo de cambio de tema . Cuando la música vuelve a aparecer, Luis Mari la corta, ya que, por los rostros de preocupación dirigidos hacia el suelo de un abultado corro de gente, intuye que algo grave ha sucedido. Son momentos angustiosos en los que hay que actuar con rapidez. Curiosamente, la avanzada hora, y el hecho de encontrarnos en un bar, hace que todos nos convirtamos en médicos; así pues, comenzamos a oír distintas exclamaciones por parte de nuestros clientes, como: “Es un infarto”, “le ha bajado la tensión”, “dadle un azucarillo; rápido”, “ponedle hielos en la nuca”. La experiencia me ha dicho que lo que hay que hacer, sobretodo, y si la persona no vuelve en sí, es llamar a la ambulancia, que es lo que hice. Pero, antes que ésta llegue os sigo con algunas otras frases gloriosas que sucedieron rápidamente a las anteriores: “Esta mujer no ha sabido beber nunca”, “no, si ésta, por no pagar, la monta”, “oye, pero, ¿está preñada?”, “no sé porqué apagan la música, nos lo estábamos pasando de miedo”. Habíamos despejado ya la zona; la mujer, tumbada en el suelo, boca arriba, y atendida con nuestros conocimientos de primeros auxilios, mostraba un aspecto, al menos, inquietante. Los clientes se habían arrejuntado en el otro extremo de la barra, expectantes, aunque en absoluto ya preocupados. Unos minutos antes de que llegasen los chicos de la ambulancia (a nosotros, y creo que a vosotros también, se nos hizo largo, pero sólo tardaron en llegar 9 minutos contados), un cliente se apresuró con marcada decisión, y apartándonos a varios de nosotros, se dirigió hacia la mujer; dedujimos pues, que se trataba de un médico o similar. Colocó sus dedos índice y pulgar en el cuello de la afectada. Suspense. Después, nos miró y dijo: “menopausia”. Entonces, no como ahora, no pude reírme, y, con mala cara, le despaché hacia el lugar de donde había venido, con los de su grupo, los cuales se morían de risa. De pronto, apareció Luis Felipe. Yo, hasta entonces, sólo lo conocía de vista. Después, supimos que entró en el local porque alguien le había dicho que una mujer había fallecido aquí dentro. Sus movimientos eran propios de la hora, incluso de 3 horas más tarde. También, como el falso médico y con igual decisión, se dirigió hacia los que cuidábamos a la mujer, y por tanto, hacia ésta. Con gesto de infinita seriedad comenzó a hacer la señal de la cruz, igual que lo hace el papa; y, emitiendo las frases propias de la extremaunción, consiguió, de nuevo, llamar a Hitchcock. Un enorme grado de consciencia súbita inundó el local. Pasamos de la menopausia a la muerte en unos instantes. Fueron unos segundos horribles. El silencio tuvo eco. ¿Podía fallecer aquella pobre mujer? De pronto se oyó: “Es cura”. No supe discernir si esto pertenecía al acervo surrealista o, realmente, este señor pertenecía al clero. Enseguida, y casi chillando, dije: “Pero, oiga, qué hace; esta mujer no ha muerto”. Luis Felipe, que continuaba haciendo la señal aérea de la cruz, me miró aturdido, quiso dar un paso hacia adelante, pero tuvo la mala fortuna de pisar la rodilla de la mujer, aún tumbada en el suelo. Luisfe (que es como le llamamos a nuestro, ahora, amigo) se tambaleó , aún más ,y cayó estrepitosamente para dar , primero; de bruces con el borde de una silla, rompiéndose levemente la nariz y, después; continuando con su trayectoria, golpeó su cara contra la de la mujer. Pero eso no es todo; el cuerpo de Luisfe quedó totalmente encima de nuestra protagonista, en una posición mucho más propia de un intento de generar vida que despidiendo la misma. Todos los asistentes se desternillaban de risa, sobre todo por ver los intentos fallidos de levantar a Luisfe. El golpe recibido por la mujer, ese curioso cara-cara hizo que ésta se “despertara”; pero, su “vuelta a la vida” , podéis imaginar, fue memorable, ya que se encontró con un hombre de 120 kg encima y un grupo de gente intentando quitárselo de encima, pero sin fuerzas, debido a la hilaridad generada. Bueno, ahora sí, llegan los chicos de la ambulancia y ven el cuadro descrito anteriormente. No entienden nada. No saben a quién atender, pues, aunque pregunten, la risa general era mayúscula. Apartan a Luisfe y cuando intentan atender a la mujer, ésta, aún no consciente de lo que sucedía, les dice: “Ha sido él, lleváoslo, yo no he hecho nada”. Ellos, muy profesionales, se dirigen a Luisfe, ahora en el suelo, quizás algo dormido, y le propinan 16 tortas en la cara, en un intento de reanimación. Luisfe, con un gran sentimiento absurdo de culpa les mira y les dice: “no me castiguéis, sólo era un broma, es conocida mía, le ocurre muchas veces”. Podéis imaginaros las magníficas frases escritas en el aire: “Sí, sí, castradlo, no hay otro remedio”, “Venga, que se vayan a casa a acabar lo que han empezado”, “Te dije que estaba preñada, va a ser niño seguro”.
Sólo deciros que a la semana siguiente invité a una cena, en una conocida sociedad gastronómica, a la mujer (con la que mantenemos relación vía e-mail), Luisfe; que no es cura, los de la ambulancia y algunos de los asistentes. Gracias a este episodio gané unos amigos para siempre.